domingo, 1 de febrero de 2009

Los orígenes del Holocausto- ABRAHAM HUBERMAN

Los orígenes del Holocausto

Abraham Huberman


El asesinato de seis millones de judíos en Europa durante los años 1939-l945 ha sido el objeto de minuciosos estudios desde el primer momento hasta nuestros días. Se ha ampliado enormemente nuestro campo de conocimientos. Sabemos hoy mucho más de lo que se sabía inmediatamente después del fin de la Segunda Guerra Mundial, porque se pudo acceder a fuentes que estuvieron durante mucho tiempo inaccesibles, hasta el punto de poder reconstruir en detalle la mayor parte de lo sucedido. Pero si bien sabemos el cómo, todavía no sabemos el por qué. Algunos desesperan de poder llegar a encontrar una respuesta alguna vez.

Sin duda la búsqueda constituye un gran problema, ya que las respuestas fáciles no existen. Es difícil imaginar que un hecho de tal magnitud, una tragedia sin precedentes, no sólo en la historia del pueblo judío, sino en la de la humanidad, no sea fácilmente explicable. Intentaremos pues delinear y proponer algunas respuestas. El historiador israelí Yehuda Bauer dice en su libro “Rethinking the Holocaust” que el Holocausto sucedió porque fue obviamente posible hacerlo, porque hubo voluntad de hacerlo, porque se destinaron a ese fin importantes medios, porque detrás de ese proyecto se situó un inmenso poder político, económico y militar: el de la Alemania nazi, liderada por Adolf Hitler.

Pero ¿por qué utilizaron esos enormes recursos para matar en las cámaras de gas y por otros medios crueles a millones de personas civiles, privadas ya de libertad, encerrados en ghettos y campos de concentración, en medio de una guerra con las mayores potencias militares de aquel tiempo?

¿No existían acaso otros objetivos más importantes, hasta el punto de desviar esos grandes recursos necesarios en otra parte?

Estamos buscando respuestas racionales y obviamente no las vamos a encontrar, a menos que aceptemos los argumentos esgrimidos por los mismos nazis. Creer que los judíos son los mayores enemigos de Alemania y de la humanidad, aceptar que tienen el dominio del mundo y que constituyen la fuente de todos los males y todos los problemas, y que de hecho, no hay otro problema que la cuestión judía es ridículamente un absurdo y se parece a las obsesiones que podría presentar una persona afectada de paranoia.

Cuando una persona manifiesta tales signos, se lo somete a tratamiento psiquiátrico.

Pero cuando toda una sociedad cree en tales delirios, cuando importantes intelectuales le dan su apoyo y eso se transforma en la razón política de todo un estado, que cree que su existencia misma está en peligro si no se elimina totalmente a esos presuntos enemigos, estamos en presencia de algo totalmente distinto y “original” que no tiene precedentes en la historia humana.

Hubo por cierto antecedentes de crueles guerras y terribles persecuciones contra diversos grupos y el pueblo judío fue a menudo víctima de ellos. Pero jamás se llegó a decir que el destino de la humanidad dependía de la actitud que se adopte frente a los judíos.> El carácter de “mal absoluto” jamás se planteó. A nadie se le ocurrió decir que si “los judíos llegaran a imponerse y vencer a los arios, es decir a los alemanes, eso sería no sólo el fin de la raza aria, sino de todo el género humano”.

Pero digamos también que esto no fue sólo el pensamiento de un trastornado, de un psicópata, como lo fue seguramente Hitler. Debemos preguntarnos por qué esas y otras ideas no menos peligrosas, fueron aceptadas, celebradas y seguidas por millones de personas, que le dieron su apoyo tácito o explícito, que creyeron posible la realización de sus fantasías raciales. El mundo no sería mundo, no habría paz entre las naciones hasta que los judíos no sean eliminados. Pero no sólo los judíos sino también las personas discapacitadas, los enfermos mentales, los físicamente deformes, los enemigos políticos, los homosexuales, los gitanos, la religión cristiana, etc. etc. Su mera presencia era un peligro de contaminación racial, que debía ser suprimida.

Aunque esos presuntos enemigos eran “peligrosos”, ninguno de ellos llegó a asumir el rol protagónico que se les asignó a los judíos. No fueron asesinados todos los gitanos, ni todos los homosexuales.

Los enemigos políticos podían ser reconvertidos y de hecho, muchos lo fueron, integrándose en las huestes nazis. Sólo los judíos no tenían remedio. Tampoco podía darse el hipotético caso de que un judío fuera nazi, porque no podía cambiar su naturaleza, que ya estaba predeterminada por los genes. El judío podía no haber hecho absolutamente nada y ser incluso, un niño de pecho. Su delito mayor consistía en haber nacido, en ser judío.

Entendemos que es difícil aceptar tales argumentos, porque estamos acostumbrados a utilizar una explicación racional en la mayoría de los casos. Que la locura se torne racional nos resulta totalmente inadmisible. Debemos seguir investigando acerca de las causas que llevaron a que tales argumentos parezcan válidos y sean puestos en práctica.


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