miércoles, 18 de febrero de 2009

Posición extremista de Liberto Grau

La culpa la tienen las imágenes perversas de nuestras televisiones y revistas ilustradas...

Hay que restaurar el movimiento iconoclasta, luchar contra los media que pervierten los modos de vida tradicionales, apagar la “gran pantalla”, impedir que todas esas imágenes de la publicidad, las telenovelas, los filmes de cualquier procedencia hagan más daño, o al menos que la gente sepa que está haciendo mal viéndolas, creyendo ciegamente su realidad virtual. El gran problema es que la población africana, sobre todo la de tradición musulmana, es inmunodeficiente frente a esas imágenes, a todas las imágenes en general.

La gente cree que todo lo que ve en la televisión, en las revistas, es verdad; que fuera de su tradición hay un mecanismo mágico que hace que todo aquello que ve en la pantalla lo obtiene con sólo desearlo, con ir a su búsqueda a las ciudades —el gran escaparate de los deseos—, a nuestros países europeos —el gran almacén de los sueños. Que puede poseer todo eso sólo con dinero… y que el dinero espera ansioso entrar en sus bolsillos agujereados. Nuestra cultura occidental sin embargo es iconófila, amamos las imágenes, las utilizamos para representar hasta lo irrepresentable, llevamos siglos conviviendo con ellas, sirviéndonos de ellas para cualquier tarea... Hemos aprendido que las imágenes pueden decir la verdad como ocultarla o engañar, al igual que las palabras —sean voces o escritas.

Las creemos o ponemos en cuestión indistintamente. Somos inmunes a sus mentiras; o mejor dicho, creemos o descreemos en ellas sin por ello poner en riesgo el resto de nuestras creencias, el orden de nuestro mundo natural y sobrenatural… Los musulmanes no tienen esa facultad de descreer de las imágenes. El Corán las prohíbe. El Profeta advirtió de su poder y capacidad para hacernos sucumbir en la idolatría. Hasta muy recientemente en sus sociedades y culturas tradicionales no había imágenes como las nuestras ni con tales contenidos. Sólo la caligrafía y la decoración abstracta geométrica o naturalista, no figurativa, podían ser consideradas imágenes.

Así pues no saben cómo funcionan, cuáles son sus mecanismos para representar la realidad o lo irreal, ni tampoco sus cualidades o matices, sus verdades y sus mentiras… Frente a nuestras imágenes no saben distinguir entre las que representan lo real-real y las que inventan una realidad meramente virtual.

Las imágenes de la televisión, su propaganda y publicidad, son el señuelo que atrapa al sencillo hombre musulmán, a la mujer modesta, y les hacen abandonar sus lugares de origen, sus familias, su cultura, su tradición, incluso su religión. ¡Qué sencillo mecanismo! ¡Qué perversión la de quienes se sirven de su inmunodeficiencia para disolver sus sociedades, su yo individual y colectivo!

Aunque esa terrible atracción comenzó hace ya unos años, su poder devastador es muy reciente. Tiene que ver con la televisión digital, la multiplicación de canales para sintonizar, la combinación con ordenadores que decodifican sus señales, la proliferación de grandes antenas parabólicas para captar las señales de los satélites, el abaratamiento del mercado de pantallas planas de grandes dimensiones, la mayor calidad y alta definición de sus imágenes. Hasta hace unos pocos años no era así; había sólo dos o tres canales oficiales, la mayoría de los programas eran noticieros sin imágenes o como mucho imágenes fijas, conciertos de música tradicional, entrevistas convencionales, alguna telenovela que ilustraba historias comunes, programas religiosos cuyas imágenes eran sólo caligrafías.

También las televisiones eran de baja tecnología, voluminosas y aparatosas, con pantallas de escasa brillantez e imágenes deficientes, antenas de poca potencia, incapaces de captar otras señales que no fueran las de la televisión oficial y muchas veces ni ésta… Cualquiera de las ciudades y poblados de África, sobre todo el Magreb, está hoy llena de antenas parabólicas de grandes dimensiones y alta tecnología. En cualquier aldea del Atlas encuentras ya decenas de antenas de ésas, en cada casa o tienda hay al menos un televisor digital… La gente huye del mundo rural siguiendo la estela de las imágenes de publicidad que han visto en las televisiones colectivas de sus pueblos y aldeas.

Se van primero a las grandes ciudades de provincia o a las capitales a trabajar en la construcción, en el turismo, a hacer faenas en casas particulares, no sólo para ganar más dinero que en sus lugares de origen sino sobre todo para estar más cerca de esa realidad virtual que vieron en sus televisiones. Quizás ese sueño tan aparentemente real perdure durante años para algunos, los que tuvieron la suerte de encontrar un trabajo estable, comprar o alquilar su casa, comprar su televisión y permanecer todo el tiempo libre frente a la pantalla haciendo zapping de canal en canal, de deseo en deseo. Otros muchos fracasaron o fracasarán, se quedan sin trabajo, malviven en los suburbios, tienen que robar o prostituirse o soportar a sus maridos y sus palizas, sobrevivir indignos… En la ciudad no se puede comer adoquines cuando hay hambre; sus ciudadanos olvidaron la costumbre de la limosna diaria al ponerse el sol. Sólo hay dos caminos posibles: el uno seguir hacia el norte, hacia el almacén de los sueños en nuestro continente Europa; el otro volver al lugar de origen, a la humildad de cada día. Casi nadie se atreve a volver con las manos vacías como si nada. Ay, ese estéril orgullo de quien se equivoca…

<strong>El Norte se constituye en el último objetivo… Además los turistas colaboran aun sin querer en la ficción, en el engaño. La gente sencilla, seducida por lo que ve en la publicidad, en los documentales sobre Europa, en las películas, comprueba qué tal exceso de dinero es cierto, al menos aparentemente, sólo con observar las hordas de turistas que llegan de cualquier país. Sea cual sea su condición social, su oficio, su nivel de ahorro, el turista gasta y gasta por gastar, parece que el dinero le mane de sus bolsillos.

Compra souvenirs, cualquier objeto presuntamente genuino y artesanal, por cantidades muy superiores a su valor real, incluso regateando y creyendo haber hecho una buena compra. Paga por una mediocre comida recalentada en cualquier restaurante típico lo que la mayoría de las familias en Marruecos gasta en alimentos en una semana. Paga por una habitación en un hotel para turistas cada día lo que un marroquí por sus habitaciones durante un mes… Con tal derroche de dinero a su vista no me extraña que se aventuren a cruzar el estrecho como sea, que intenten conseguir su visa cueste lo que cueste…

Soy un iconoclasta… lo confieso… Ser iconoclasta hoy no sólo significa estar en contra de esas imágenes sino sobre todo estar en radical oposición contra la pantalla de televisión, el instrumento del cual se sirven para difundir y diseminar imágenes engañosas. Hakim Bey dice que no nos oponemos a la imagen como iconoclastas teológicos “sino porque requerimos la liberación de la imaginación en si misma —nuestra imaginación, no el imaginario del mercado”. Mi crítica a la imagen es al mismo tiempo una defensa de la imaginación. Pero una imaginación en libertad, sin falsos guiones preestablecidos por la publicidad. Una imaginación que nos permita imaginarnos no sólo como protagonistas de esas ficciones publicitarias, la carita que falta al muñequito anónimo que todo lo puede alcanzar con su deseo…


Publicado por: LIBERTO BRAU










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y siguientes.

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