viernes, 1 de mayo de 2009

01 mayo, 2009 - 13:20

Una historia increíble


Tomás Eloy Martínez, el escritor argentino que en el exilio creó periódicos en México y en Caracas, se encontró en esta última ciudad, la ciudad de Miguel Otero Silva y de Adriano González León, ambos fabulistas, una historia fabulosa, que me contó el otro día mientras comíamos empanadas de carne, de queso y de cebolla, con su mujer Gabriela Esquivada y con su hijo Ezequiel.

Fue tan increíble la historia, tan extraordinaria, que me costó creerla, pero en seguida se formó en mi cabeza como una película que se ha ido desarrollando hasta configurar un guión que hubieran podido escribir Rafael Azcona y Marco Ferreri para una película que hubiera protagonizado Marcello Mastroianni en sus horas más melancólicas. La escuchaba conmigo el editor Augusto di Marco, que tiene más detalles que yo, porque mi memoria la aflojan los viajes.

Se trata de la historia de Luigi Scotto, fotógrafo, al que Tomás Eloy confió el puesto más importante del staff gráfico del Diario de Caracas precisamente cuando le escuchó contar esta maravilla. Resulta que la hija pequeña de Luigi le había pedido a éste un caballo de juguete como regalo de Navidad. Y a Luigi se le había olvidado el encargo, hasta que llegó ese día tan señalado y recordó el deseo navideño de la niña. Delante de su casa, al volver del trabajo, halló un quiosco de frutas, y junto a la frutería, un caballo. Luigi forcejeó con el frutero: quería comprarlo, cualquier dinero por ese caballo. Aunque era su herramienta de trabajo, el hombre accedió, y Luigi salió de allí con el caballo.

Pero no era tarea sencilla entregar el regalo: el edificio en el que vivía era muy alto, y había que subir el caballo hasta el séptimo piso. Lo hizo, con mucho esfuerzo. Y ya arriba se desarrolló el drama familiar: la hija lloraba de alegría y la madre de impotencia, qué iba a hacer ella allí con un caballo. El caballo debía irse, y se fue. Acudieron los bomberos, se recrudeció el llanto de la niña. Cuando Scotto le contó eso a Tomás Eloy éste lo hizo jefe de fotografía. Y tuvo razón: las fotos que hizo, o que encargó, seguían la dinámica de esa imaginación que acepta que regalar un caballo a una niña en Navidad es lo más natural del mundo, aunque la niña habite en el quinto pino.

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