jueves, 14 de mayo de 2009

Página y Neira

La identidad política ya no es lo que era
Con sus etiquetas multiplicadas, ausentismo llamativo y alianzas no tradicionales, las elecciones porteñas del domingo indican una crisis en el esquema tradicional de partidos. Un sociólogo explica el fenómeno en términos de historia y representatividad, y varios votantes cuentan cómo sufrieron el tema en una época donde las etiquetas no duran.




Por Alejandra Dandan

Alberto Flores es el Arbolito Flores
. Uno de los hombres que susurran por lo bajo aquello de “¡cambio! ¡cambio!” en las calles ruidosas del microcentro. En 2001 hacía equilibrio entre sus cuentas y la interminable estampida de los precios, del dólar a dos, luego a tres y hasta a cuatro pesos. Años después sigue ahí. Con un dólar más estable, en una ciudad no tan previsible todavía.

“¿Telerman? –dice–. Telerman no, porque para mí lo suyo fue como una cuestión oportunista, porque estaba Ibarra, después lo sacaron y él se puso en el medio.” Flores se levantó el domingo pasado dispuesto a ir a votar. Durante días estuvo pensando que uno sí, que otro no, como con la margarita. “Mi primer voto se lo di a Alfonsín, y de ahí para adelante en el 90 por ciento de los casos voté a los radicales, porque soy radical de toda la vida –aclara–. Lo que me pasó después del voto es que me di cuenta de que Alfonsín perdió todo porque se metió en la boca del león, agarró el país todo podrido, y no hizo nada.” “Arbolito” Flores empezó con el oficio en ese mismo momento de estampida de precios e hiperinflación. Qué palabra. Qué destino. “Menem nos tiró a matar a nosotros, los del negocio –explica– porque con el uno a uno se paralizó todo, y terminó con la fundición del país.” La lógica del “radical de toda la vida” le ayudó a escaparse del voto a Carlos Menem, pero no de Fernando de la Rúa. “Creo que en ese momento voté por los radicales también porque el partido no se cambia, es como el apellido, se lleva encima por los siglos de los siglos.”

El domingo pasado, después de levantarse, agarró el documento y a las dos de la tarde entró en el cuarto oscuro. ¿Qué votó? Votó a Daniel Filmus. “La verdad es que lo voté porque lo veo con un poco de garra, de entusiasmo, igual que a Kirchner, que en su debido tiempo saca las cosas adelante y no se va en promesas, como quien dice. Y Mauricio, la verdad, me parece un poco oligarca, para serle frontal.”

Las elecciones del último domingo pasaron, pero rumbo al ballottage quedaron varias preguntas pendientes. Qué votaron aquellos que en el cuarto oscuro optaron por alguna de esas boletas dispersas en las mesas de las aulas como objetos de la vidriera de un negocio. Entre quienes llevan muchos años de ejercicio ciudadano, hay muchos casos como Arbolito, que por años se creyeron parte de un universo político. Radicales, peronistas, socialistas. Adscribieron a un partido político, a sus debates, negociaciones y compromisos. Esas adscripciones cada vez más parecen diluirse, escaparse detrás de las derivas de los referentes políticos. En el medio, las opciones de los ciudadanos cambian, y detrás de aquellos antiperonistas de toda la vida apareció el voto a Filmus. Página/12 da cuenta de esas historias, de relatos de la gente común y de algunos más conocidos que dan cuenta de sus oscilaciones cívicas. De las lecturas de lo que hicieron el último domingo en el cuarto oscuro.

Alberto, del “que se vayan todos”


El cuerpo suele ser para Alberto Ivern uno de los espacios para pensar también la política. El es muchas cosas al mismo tiempo. Vecino de Almagro, de 58 años, director de la Escuela Latinoamericana de Mimo y uno de los docentes de la UBA que desde la Cátedra de Estudios Americanistas de Filosofía y Letras están construyendo y reconstruyendo explicaciones sobre qué pasó con el país detrás de la crisis de 2001 y del maléfico “que se vayan todos”, del que él mismo se siente parte.

“Porque el ‘que se vayan todos’ no significaba sólo que se fueran esos gobernantes y sindicalistas que en ese momento tenían el poder”, evalúa. “Era que los argentinos nos fuéramos de ese lugar de querer imponer al otro la propia decisión y recuperáramos el espacio del ‘entre’ nosotros, con un nosotros inclusivo, para generar juntos un destino compartido.”


El espacio de las asambleas de 2001 le permitió entender que estas cosas eran posibles. No sólo, dice, porque surgían grupos que se autoorganizaban a partir de reivindicaciones puntuales. Sino porque en medio del derrumbe lo poderoso de aquellos surgimientos era el efecto de la “simultaneidad”: muchas autoorganizaciones al mismo tiempo que terminaban entramándose unas con otras y reconociéndose. Esa mirada, como en espejo, los devolvía a una vida social y suspendía la crisis como destino fatal. En ese mismo proceso se reencontró a sí mismo. Con una parte de la familia de tradición radical y antiperonista, y la otra muy pobre y evitista, había logrado criarse con la sensación de pertenecer a un proyecto social, dice, “que nos tenían en cuenta”. Con los años, hizo sus propias búsquedas políticas, que le obligaban a dejar afuera la idea de construcción de alguno de sus sueños.

“Lo que vimos el domingo –dice– es que un solo candidato le dijo a la gente ‘vengo a resolverles sus problemas’. Y sus problemas son el bache o la iluminación. Eso fue como un avance de lo que un político debía representar, pero no se habló de mayor equidad, mayor justicia, de una construcción de valores comunes o de la recuperación de protagonismo en la toma de decisiones. No se invita a construir un momento nuestro, es un refinamiento del puntero que va al barrio y soluciona el problema. Ahora no hay puntero sino un gerente.”

Florentina, de familia radical

“Yo creo que la sociedad nuestra está en crisis, entonces no es solamente de los partidos políticos la crisis, es de todas las instituciones, y una de las instituciones son los partidos políticos, las otras los siguen y este brotar de nuevos partidos es signo de eso.” Florentina Gómez Miranda se pasó las últimas semanas de campaña tratando de encontrar boletas con la fórmula de Telerman para distribuir entre los afiliados radicales. Ella, se sabe, es tal vez la mujer más vieja en las filas del radicalismo. La que con sus 95 años es capaz de hablar de Arturo Frondizi y su escisión del partido como si aquello hubiese sucedido ayer. Y como si aquella crisis pudiera explicar también el presente.

“Acá está ocurriendo lo mismo de entonces –dice–. Sectores, totalmente equivocados buscan derroteros distintos, pero la gente tiene que ver que la UCR tiene más de cien años con sus raíces en toda la república, donde hay un pueblito hay un comité, se dice, y es así.” Por eso dice, “el partido se ha dividido, se ha desprendido de alguna de sus ramas, incluso como con Frondizi, de mucha juventud, lo cual era muy serio. No obstante lo cual se hizo un partido nacional”.

Florentina es una de las luchadoras históricas del campo de los derechos de las mujeres. Sabe que en su partido ninguno de los temas pendientes como la legalización del aborto se discute ampliamente porque espantan votos y sabe que su partido esta vez no llevó candidatos. “En realidad –-explica– el Comité Capital oficialmente decidió estar con este Telerman, y la verdad es que se sentían muy bien, pero llegó el momento que Telerman suma a la Carrió, y ahí se cae todo porque a ella nadie la quería aceptar. Si usted pregunta, en los Comité de Capital nadie se movió para votar. Tuve que buscar no sé cuánto para conseguir boletas. No tuvimos fiscales, así que en realidad la expresión de la gente fue no ir a votar”.

Atilio, de Isabel a Lozano

Hace días murió Marta Holgado, aquella mujer que reclamó durante años la filiación como hija biológica de Juan Domingo Perón. Ese día, un jueves, se escuchó la voz de Atilio Neira en alguna de las radios porteñas dando cuenta de lo que hace cada vez que los pleitos de los herederos reales, simbólicos o políticos del General le quitan el sueño. “Para serle claro –-dice–. Le voy a sintetizar la idea de un artículo que yo escribí una vez: Macri es Menem. ¡Eso lo escribí a principios de 2003!” Por la idea de un proyecto “internacionalizante” al mejor estilo del primer peronismo, este abogado de Isabel Martínez de Perón, de 61 años, que votó a Menem la primera vez “tapándome la nariz” y a partir de ese momento no lo votó más, como tampoco votó a ninguna de las posteriores fórmulas peronistas, ni a De la Rúa, ni a Kirchner, ni a las triunfadoras, el domingo terminó votando a la lista socialista.

“Es lo que llamo voto lúdico –explica con ganas–. Porque voté sin ninguna posibilidad de ganar, a un sector como Lozano, que sabía que no iba a llegar a los 4,5 puntos, y me parece respetable. Un voto testimonial.”

¿Un macrista?

Laura Aguirre no es de las integradas, pero está decidiendo si su voto va a manos del ingeniero. Ella nació hace 47 años en la provincia de Buenos Aires, vivió en Berazategui, tuvo cuatro hijos varones, se dedicó a la depilación, largó todo para cuidarlos, volvió a trabajar tiempo después, y votó por primera vez en 1983, convencida de que quería que ganara Alfonsín cuando tenía 18 años y la sensación de que ese entusiasmo no iba a pasar. Ahora pasó. Laura dice que ésa fue la primera y la única vez que no votó “en contra de”, sino convencida de algo.

“Pero yo te digo, siento que no hay candidatos que me representen, que lo único que hacen es hablar y no hacen nada. Qué te digo que el domingo pasado le puse una boleta a uno que ni conocía, creo que era Patricia Walsh, como para decirte puse algo. Que el domingo que viene no sé todavía qué voy a hacer, pero qué querés que te diga, prefiero ver qué hace este que hasta ahora no estuvo, y darle unas chance.” La semana pasada una de sus clientas, abogada, ultramenemista, le dijo lo mismo. Que iba a votar al ingeniero. Ella le preguntó después a otra persona si era necesario volver a votar. “Porque te digo que si no me obligan no voto.”

Gustavo Soler, el yerno de Illia

Gustavo Soler es un poeta que se dedicó a la abogacía para sostener la vocación. La vida y su cercanía con el ex presidente Arturo Illia lo hicieron partícipe de escenas memorables, y de otras más bien desechables. Estuvo preso por un equívoco en las derivaciones del secuestro de Oberdam Sallustro. Y para ejercitar la paciencia y la memoria recitaba las estrofas de Otelo para policías y presos. El último domingo estuvo en Buenos Aires. Como muchos correligionarios, no fue a dar su voto. En su caso, la ausencia no pasará a mayores porque estuvo enfermo.

“Nosotros estuvimos con la línea sabatinista de Illia, después trabajamos con la línea Capital, y después formamos otras líneas con Luis León. Hoy en día ya no se pueden enfrentar a otra corriente en base a ideas porque lo que se discute es quién soborna mejor a los punteros. Yo lo voté a De la Rúa porque era el candidato del partido, sabía de las debilidades que tenía pero no sé, no se habían manifestado sensiblemente. Después no reproché a nadie ese hecho porque no corresponde, no es de señores. Es el destino. El domingo pasado el partido no estaba, yo estaba y no voté. Olivera no tiene nada que ver con el radicalismo. Entre los amigos que encuentro, ninguno fue a votar. No aceptaron que en nombre de ellos se hiciera una coalición.”

Luciano, perdido

Una de sus compañeras de la fotocopiadora no fue a votar porque tiene 21 años, no apareció en los padrones la primera vez y ahora se acordó de averiguar qué había pasado una semana antes. “¿Por qué no lo ponés?” propone Luciano Cardoso, 29 años, desde uno de los locales de fotocopias de la zona de la Facultad de Medicina. En el local y entre sus amigos, los votos fueron cambiando. Florencia, su novia, votó Telerman-Patricia Walsh; su papá impugnó el voto con dos boletas distintas en un sobre; los padres de Flor, dice, votaron a Walsh. Una compañera del local, de 19 años, votó a Filmus. Y Luciano decidió su voto 24 horas antes. “Cuando estaba buscando el documento –explica–. Bueno, Lucianito, me dije, a ver a quién vas a votar.” Y entonces optó por Telerman. “Mi viejo es muy amplio, no fue peronista, más bien conservador. Antes existía un partido que se llamaba Demócrata Progresista, que ahora tiene una alianza con Macri, más que nada que es de derecha. El no lo vota a Macri porque no se siente reflejado, pero son todos iguales, los políticos más que nada. En mi caso, trato de no impugnar el voto, trato de votar porque el blanco o impugnación no sirve”.

Elena Reinaga, la derrotada

Secretaria general de la Asociación de Meretrices Argentinas,
en este momento revista entre quienes se sienten derrotados. El voto de legisladores es parte de sus razones. “La izquierda está terriblemente fragmentada. No están escuchando a la gente, por eso pasó lo que pasó el domingo. Porque más allá de la campaña que hizo Macri, los demás tienen que hacerse una autocrítica de lo que no se hizo. Igual que las organizaciones sociales. Esta vez, por primera vez voté no ‘en contra de’ sino a favor de Filmus. Pero lo que quiero decir (para mis compañeras): esto ya es un retroceso porque nos van a querer sacar de la calle.”

Marcelo Rolón, peronista no progresista

Peronista nacido y criado en uno de los barrios porteños, de los que conocieron la unidad básica cuando funcionaba como el club de referencia para los chicos de la cuadra, Marcelo dice que es “peronista no progresista”. Hombre de Menem en su momento, de Telerman el último domingo y de los que van siguiendo impávidos las derivas de la vida política del país. De los que hablan ahora de mercado y no de política, porque entienden que los partidos abandonaron las unidades básicas para establecer en ellas la lógica de un local, del mercado. En ese contexto, él es sumamente pragmático y se pronuncia ahora por la política del ingeniero. Porque, dice, “yo soy peronista de los peronistas no progresistas, de los años ’40, de los que reivindican la década del ’40 y no lo que pasó en los ’70, cuando Perón los echó de la plaza”. Entre unos y otros no hay místicas, ni leyendas ni diferencias porque prima la idea de la mercantilización de la política. Pero es más ese voto, que busca la apuesta por un tipo de peronismo y no de otro, lo que marca ahora su tendencia.

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